13.2.13

Pequeña flor de loto

Una maestra zen de Denver, Estados Unidos, que nos acompañaba en el retiro de meditación zen del que acabo de regresar, explicó que la flor de loto no crece en el aire o en el agua clara, crece en el barro, en el agua turbia del pantano.

Esto para ejemplificar el hecho de que podemos alcanzar la claridad mental y florecer desde el mismo pantano que ahora mismo es nuestra vida. No hay que perseguir condiciones perfectas ni idealizadas, sino que aquí y ahora, en este mismo torbellino que tenemos por vida, podemos frenar, respirar atentamente y florecer.

Uno diría que una niña de 11 años no vive una vida pantanosa. Pero el pantano representa los rollos que cada uno tiene, las limitaciones que cada uno se impone a si mismo y sobre todo, los pensamientos, gran cantidad de ellos, que nos llevan a creer diferente de lo real. Bueno, mi hija de 11 años, que por primera vez me acompañó al retiro, iba con su propio pantano.

Este retiro no fue como el que hacemos todos los años, llamado sesshin, en el que meditamos mas de 10 horas por día y no se puede hablar. Este fue mas liviano, con meditación pero también charlas, estudio de las enseñanzas budistas y también actividades especificas para los niños. Las niñas (eran solo 2 niñas las que se animaron a asistir) meditaron solo unos minutos por día, aprendiendo atención plena (mindfulness) y luego estuvieron mucho con la naturaleza, jugando, caminando, construyendo, ayudaron a cocinar, a poner la mesa, realizaron dibujos y pinturas, etc., todo con el espíritu de estar atentas a lo que estaban haciendo y sin apuro.

Compartimos nuestra práctica con los maestros de la Sangha Diamante, que en paralelo realizaban su reunión bi-anual. Con lo cual la experiencia se amplió a poder hablar con otros maestros de distintos lugares del mundo y para mi hija, conocer gente que hablaba otros idiomas y vivía en lugares tan lejanos como Hawai.

Ella iba con sus limitaciones: no dormir a oscuras, no tomar agua porque no le gusta, algunas comidas que no le gustan y seguramente algunas otras cosas. Como madre, también fui con ciertas preocupaciones: si se iba a adaptar a los horarios de las comidas, a las personas, si no iba a tener hambre a la noche (cenamos 18.30hs y el desayuno era 8.15hs, todo vegetariano), etc.

Puedo decir que mi hija floreció en las primeras 24 horas, soltó todas sus limitaciones y se adaptó a todo muy rápidamente. Durmió desde la primera noche sin luz, tomó agua, comió todo y no pasó hambre. Yo me di cuenta de eso creo que recién dos o tres día después y todavía estaba preocupada por ella cuando todos la elogiaban sobre su fluidez y capacidad de integrarse y fundirse con el grupo, como si siempre hubiera estado allí.

Se dio cuenta que las cosas no son como ella las piensa, por ejemplo en la comida, que pensaba que algunas cosas eran muy feas  y al experimentar desde la atención plena, nada no era tan feo ni tan terrible.

Fue un ejemplo para mi, que siempre me lleva un par de días adaptarme a una nueva cama cuando viajo, a asentarme en un nuevo lugar con nuevas personas, a traer mi mente conmigo. Y no solté nada mas rápido de lo que puedo, pero fue emocionante verla a ella, de manera tan simple, hacer eso que a nosotros los adultos, nos es a veces tan difícil.

Fue una excelente experiencia compartir este retiro con ella. Nuestra relación se hizo mas fuerte sin tener esa intención y sin hacer nada mas que estar atentas y presentes. Como madre, fue realmente impresionante verla seguir un poquito mi camino y como personas, para ambas fue totalmente enriquecedor. Ella volvió feliz, la pasó excelente, sin televisor, ni computadora, ni celular, ni pileta, ni coca-cola, ni hamburguesas, ni presiones, ni competencias… Todo es mucho mas simple de lo que pensamos. Los niños necesitan atención y presencia, absolutamente nada mas.

Me alegro de haberme animado y haber confiado en la sangha para que esto sucediera. Solamente extrañamos un poco a su papá, mi marido, que se quedó en casa!

Gracias por dejarme compartir esta experiencia con ustedes.