16.4.14

El confuso arte de trazar el propio camino (con la ayuda de una vaca)

He leído muchos libros, algunos de verdaderos maestros, otros de simples personas. No coincido totalmente con ninguno.

He tomado muchas clases, practicado con muchas personas. Mi práctica no es totalmente igual a la de ellos.

Me he sentado a meditar numerosas veces, al lado de maestros y personas. Mi quietud no es exactamente la de ellos. Mi tai chi no es el de otros, mi caminar no es el de otros.

¿Qué es lo que estoy haciendo? me pregunto habitualmente. ¿Por qué no coincido con todos?
Mi mente está abierta, receptiva y así y todo, no aprendo exactamente lo que otros aprenden, lo que los maestros enseñan.

Es que vivo mi vida. No vivo la vida de ellos. Eso produce una grata mezcla de propiedad y ajenidad en la práctica. Esto es propiamente mío pero también lo he tomado de afuera.

Mi camino no es igual a otros. Como el camino de cada otro no es igual al nuestro. Nadie debería hacer lo que hacen todos. Pero es más fácil, mucho as fácil, caminar sobre senderos ya trazados.

Lo lamento! yo voy haciendo mi propio sendero, arranco mis propios yuyos, apisono mi propia tierra, me hundo en mis propios pozos y me embarro los pies en mis propios charcos. Suena un poco masoquista pero así lo prefiero.

¿Por qué no transitar los senderos ya marcados por los maestros? Dos motivos: no son los propios y los verdaderos maestros no lo querrían.

Trazar el propio camino es un arte. El arte de conocerse a sí mismo (y a partir de allí “conocer a los demás”, dice el Tao Te King). En el conocerse a sí mismo están los yuyos, los pozos y el barro  y eso es doloroso. La propia torpeza es fea. Pero también el propio sendero está lleno de flores bellas que amanecen con el sol, noches de estrellas que iluminan planetas lejanos y silencios internos compartidos con la humanidad.


Cuando encontré el primer pozo en mi camino, me quise cambiar al de otro. Pero salió el sol y encontré la primera flor, entonces allí me quise quedar. Avanza, avanza! me dijo una vaca que venía por detrás. Desde entonces, la vaca me empuja cuando me aferro y sigo avanzando, entre pozos y flores, arrancando mis yuyos.

Foto: Pispeo a la vaca, que viene atrás mío.




8.4.14

1 clase, 3 clases

Nunca nada se repite. Todo lo que hacemos, cada vez que lo hacemos, es novedad.

Los días martes doy 3 clases: mañana, mediodía y tarde. Son de chi kung. Lunes a la noche diseño la clase, armo una lista de 10-12 movimientos, que incluso esta vez pegué con cinta a la pared para poder seguir mi propio plan. Iba a ser un día ocupado y mi mente podía olvidarlo todo sin querer.

Y el instructor, aquel que se para frente a la clase, no puede funcionar como un autista, solo prestando atención a sus propias ideas e intenciones. Yo no enseño así, prefiero conectarme con quienes están en la clase y dejarme llevar, dejarme modificar.

Entonces la clase inicial que tenía anotada cambia sola en función de quien la toma. Varío sutilezas en algunos movimientos, saco uno y agrego otro de mi lista, ya que en ese momento siento que alguien necesita hacer algo especifico. Y en la clase siguiente, vuelvo al plan original, o no... aprovecho el cambio y lo profundizo.

Lo que voy diciendo en la clase, explicando sobre cada movimiento también va cambiando. En una clase dije una cosa, en la siguiente clase dije otra cosa y en la tercera, otra explicación diferente. Todas válidas, todas útiles para quienes las estaban escuchando. Vaya a saber por qué digo lo que digo, pero no cuestiono y lo digo, cuando estoy segura de que surge de la conexión con mis alumnos y no de mi ego de instructora.

Creo realmente que la energía de los alumnos es la que manda, es la que me lleva a decir o no decir tal o cual frase, a explicar o enfatizar un determinado concepto. Es la necesidad de la persona, expresada en su energía, la que le indica a mi energía qué hacer.

Un instructor con esa apertura es un servidor, está al servicio de la clase y no autodeterminado por sus ideas.

Todos respiramos diferente, nos movemos diferente, sentimos diferente y nuestra energía se estanca de distinta manera. Y fluyo con la diversidad de mis alumnos y no pienso “este movimiento hoy ya lo he repetido 500 veces”. Cada vez que lo enseño a alguien sirvo a ese momento. Entonces cada vez que hago, me estoy inaugurando, soy novedad.

Aun cuando repito, nunca me repito. Estoy plenamente presente en lo que estoy haciendo y diciendo y a la vez, no lo planifico, lo hago y me sorprendo. Me dejo sorprender.

Y así, una clase son tres clases distintas, un movimiento es millones. Todo es nuevo, siempre.

 “En la mente de principiante hay muchas posibilidades. 
En la mente del experto, muy pocas.”